Economía China, proporciones colosales
Este elevado y continuado crecimiento económico ha supuesto el consumo de enormes cantidades de materias primas, con un incremento ininterrumpido de las importaciones chinas que han alcanzado un promedio del l5% anual en los últimos cinco años. Así, China absorbió el 40% de la producción mundial de cemento, el 25% de la de aluminio o el 27% de la de acero en el año 2003. De hecho ya es el tercer consumidor mundial de petróleo, teniendo por delante sólo a EEUU y Japón. Esto ha permitido que varios países del sudeste asiático se vean beneficiados por el incremento de sus exportaciones al gigante asiático. China es ya el segundo país destinatario de las exportaciones japonesas, y absorbe el 18% del total de las exportaciones de Corea del Sur.
El régimen chino se siente poderoso y estira sus músculos participando ya abiertamente en la pugna por el control de los mercados. La gira del presidente chino Hu Jintao por América Latina el mes de noviembre del 2004 representa todo un desafío en un área económica que el imperialismo estadounidense considera bajo su control. En su visita a Brasil, Chile, Argentina y Cuba las autoridades chinas comprometieron inversiones por valor de 100.000 millones de dólares para toda la región. La economía china busca fuentes seguras de suministro de materias primas como acero, cobre, hierro, carne o lana. A ello hay que sumar las inversiones en infraestructuras, con acuerdos ya firmados para la construcción de un gaseoducto en Brasil y otro entre Colombia y Venezuela.
Por otra parte, las multimillonarias inversiones occidentales se han consolidado gracias a las amplias reformas económicas impulsadas por la burocracia estalinista, que han supuesto la disolución de la planificación centralizada y del monopolio del comercio exterior. Los grandes monopolios occidentales han disfrutado de una mano de obra semiesclava sin ningún tipo de derecho sindical o político —el derecho a huelga no existe—. En estos momentos, 300 de las 500 multinacionales más importantes del planeta mantienen negocios e inversiones en este país.
Las condiciones de explotación propias del siglo XIX son el atractivo fundamental de la inversión extranjera: “… con frecuencia, los trabajadores de las fábricas del sector privado están obligados a prolongar su jornada laboral, a menudo sin que se les paguen las horas extraordinarias… las jornadas son de 10 a 12 horas diarias como poco y se resta dinero directamente de los salarios en concepto de alojamiento y comida… en muchas ocasiones, cuando los trabajadores viven en el lugar de trabajo, los dormitorios están abarrotados y faltan instalaciones básicas, como regaderas. Los trabajadores suelen tener poca libertad para entrar y salir del recinto industrial, incluso una vez finalizada la jornada… pueden ser multados por ir al baño con demasiada frecuencia…”(Informe de Amnistía Internacional, de abril de 2002)
No obstante el crecimiento económico chino, al tiempo que ha supuesto un amplio mercado para las inversiones de capital occidental y por tanto la fuente de negocios sabrosos para las multinacionales imperialistas, ha provocado otros efectos. Ha inundado de mercancías baratas los mercados occidentales generando una despiadada competencia contra las industrias nacionales y el empleo, agudizando la lucha por los mercados y la crisis latente de sobreproducción.
China ha desbancado ya a Francia como tercer productor mundial de coches y a México como segundo proveedor del mercado estadounidense, con la con siguiente destrucción de miles de puestos de trabajo. También posee la y 3a compañías de telefonía del mundo. Acapara el 50% de la producción mundial de calzado y el 40% de la producción mundial de computadoras. Este 2005 supuso la liberalización completa del sector textil, ante lo cual varios fabricantes europeos, con España e Italia a la cabeza, han sufrido de la inevitable destrucción de decenas de miles de empleos en este segmento, acompañando a estos pasases europeos están los centroamericanos y los Estados Unidos.
Si queremos entender los efectos a largo plazo que tendrá la irrupción china en la economía mundial para el capitalismo, entendido éste como un sistema mundial y no desde el punto de los efectos sobre una u otra economía nacional, podremos concluir que las contradicciones han aumentado. Un nuevo y potente competidor se ha presentado en la dura batalla que los diferentes capitalistas libran por cada pequeña cuota de mercado.
Un gigante vulnerable
Sin embargo, no todo reluce en la economía china. Para empezar se trata de un entramado económico extremadamente dependiente de las exportaciones y por tanto enormemente sensible a los vaivenes del mercado mundial: su componente exportador pasó del 10,8% del PNB en 1989 a superar el 28% del PNB en 2003. Una recesión, o una ralentización significativa del crecimiento, acompañada de un endurecimiento de las políticas arancelarias de los países receptores de sus exportaciones, supondrían un gravísimo revés.
La integración en el mercado mundial también tiene dos caras. Por ejemplo, el ingreso en la OMC no sólo ha permitido el acceso a nuevos mercados de los productos chinos, sino que también supone la bajada de aranceles en las propias fronteras chinas para productos industriales y agrícolas provenientes de otros países.
Además, los expertos hablan de la baja eficiencia de la inversión, por ejemplo, en 2003, con una inversión equivalente al 46% de su PIB, China obtuvo un crecimiento igual al de la India cuya inversión extranjera equivale al 24% del PIB.
En los sectores más sobresalientes de la economía la participación del capital extranjero es alta. En el año 2003 los productos informáticos hechos en China se produjeron en casi un 70% en empresas de capital mixto y más del 80% de la exportación de estos mismos productos se produjo también a través de estas empresas de capital extranjero.
Las tasas de crecimiento elevadas se combinan con un crecimiento de la inflación y el llamado recalentamiento de la economía (proceso de sobreproducción de las mercancías). De esta manera son muchos los expertos que exigen la adopción de medidas que eviten la reproducción de experiencias similares a la de los tigres asiáticos, donde una rápida y abundante inversión extranjera fue seguida de una huida masiva de capitales y un grave colapso económico.
Ello se combina con que el desmantelamiento de la economía planificada y estatal esta suponiendo una auténtica contrarrevolución en las condiciones de vida de las masas chinas. En sólo cinco años, de 1998 a 2003, el cierre de empresas estatales ha supuesto el despido de 30 millones de trabajadores. El 90% de la población rural y el 60% de la población urbana no tienen ningún tipo de seguridad social: según el gobierno el 40% de la población —400 millones de seres humanos— no va nunca al doctor por falta de recursos. Las grandes ciudades cuentan con una población flotante de 100 millones de personas que no tienen ni empleo fijo ni domicilio. Y los que si cuentan con un empleo trabajan en las condiciones a las que antes hacíamos referencia. Una auténtica bomba social. De hecho las autoridades reconocen el incremento incesante de las huelgas y manifestaciones tanto en la ciudad como el campo en los últimos años.
Junto a ello, no es menos cierto que la introducción de reformas económicas procapitalistas está creando una base social afín basada en hombres de negocios y empresarios, muchos de ellos provenientes del PCCh. El reconocimiento de la propiedad privada, después de la reforma constitucional en 2003, o la invitación a los empresarios a inscribirse en el PC, es el reflejo de esta realidad social en el terreno legislativo y ejecutivo. Hay estudios que hablan de una capa de alrededor de 150 millones de hombres y mujeres que han mejorado sus condiciones de vida, que viven en buenas casas y disponen de buenos coches y, sobre todo, tienen la perspectiva de seguir ascendiendo en el escalafón social. Son la base social de la contrarrevolución capitalista, llena de confianza en el futuro, pero en el marco de la sociedad china en su conjunto son una pequeña minoría. En suma el crecimiento económico genera las bases para un enfrentamiento de clases de proporciones colosales, como la propia China.
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